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La formación de docentes en arte: un desafío

Formación Docente | 13.08.2010


La Profesora Susana Pires Mateus del Área Transdepartamental de Formación Docente realiza una cronología educativa dando cuenta de los hitos en la historia de la educación desde antes de 1810 hasta la actualidad.




Lic. Susana Pires Mateus
ATFD -IUNA

“Estamos más preparados para sentir y
refugiarnos en aquello que Spinoza llamó
'la nostalgia por lo sólido' que a lanzarnos
audazmente y de la manera más
comprometida a indagar, explorar y
violentar las formas tradicional del
que hacer científico y, así, promover la
innovación.“
José Lema Labadie.

El arte impregna o debería impregnar las aulas
El arte está en las calles
El arte en nuestra cotidianeidad
Desafíos constantes del que enseña
Ser maestro es ser artista

En el año del Bicentenario nos pareció oportuno partir, como ordenador básico del texto y permitiéndonos ser esquemáticos, de una cronología educativa y apelamos, para ello, a un trabajo resumen (Biblioteca Nacional del Maestro) que presenta relevantes hitos en la historia de la educación desde antes de 1810 hasta la actualidad:

• De 1550 a 1700: En los primeros años de poblamiento del actual territorio argentino, la educación estuvo centrada en la escolaridad primaria a cargo de las órdenes religiosas (franciscanos, dominicos y más tarde, jesuitas) y basada en la evangelización y en el uso del idioma español con carácter obligatorio. Se cree que quizás haya sido durante la gobernación de Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) cuando se establecieron las primeras escuelas. En 1613 se fundó la primera universidad del país: la Universidad de Córdoba, a manos de jesuitas y dominicos, sustentada en una concepción filosófica aristotélico-tomista, proponiéndose como objetivos formar al alto clero y a la burocracia colonial.

• De 1700 a 1800: La burguesía criolla adoptaba los ideales de la Ilustración. La educación se orientó hacia el comercio, la marina, la agricultura y los oficios, con carácter práctico y utilitario. Autores como Copérnico, Descartes o Newton no formaron parte del corpus de textos universitarios.

• De 1800 a 1852: Lograda la emancipación y ante la carencia de profesionales de la educación se implementó el sistema lancasteriano (el Gral. San Martín fue uno de sus defensores) que, apoyándose en alumnos monitores, intentaba compensar las desigualdades del simultaneísmo en el aula. Se trataba, no obstante, de una educación memorística sustentada en una férrea disciplina.

• De 1850 a 1880: La Constitución Nacional de 1853 estableció el derecho a educar y enseñar como una responsabilidad atribuida a los gobiernos provinciales. Uno de los pioneros en tal sentido fue el gobierno de la Provincia de Corrientes. Una ley de 1857 estableció como uno de los destinos de la renta la fundación de escuelas. En esa dirección, se realizaron las primeras experiencias en la Provincia de Buenos Aires, que sancionó su Ley de Educación en 1875. Las bibliotecas populares en tanto, cubrían la instrucción de las mujeres y fue Juana Manso la primera Directora de una escuela mixta en Buenos Aires. En 1864, a instancias de Bartolomé Mitre, se fundó el Colegio Nacional de Buenos Aires sobre la base del Libres del Sur y con dependencia de la Universidad, creada en 1821. Sobre este modelo institucional crecieron otros colegios nacionales en Catamarca, Tucumán, Mendoza, San Juan y Salta. Durante este período abrió sus puertas la Escuela Normal de Paraná, paradigma del normalismo y, a instancias de Sarmiento, arribaron al país 65 maestras estadounidenses que fueron afectadas a la formación de docentes.

• De 1880 a 1910: La educación tuvo un papel central en la constitución de la nación, considerada una condición esencial para hacer del país una república. En ese marco se sancionó la Ley Nro. 1420 de educación común, estableciendo su carácter obligatorio, estatal, laico y graduado. Sin embargo, este impulso del Estado a la educación pública universal entró pronto en contradicción con el sistema político restrictivo. Las consecuencias de esta tensión estallaron en las primeras décadas del siglo XX, cuando los nuevos sectores medios en expansión pusieron fin al régimen conservador.

• De 1910 a 1930: En las primeras décadas del siglo XX, la población escolar se duplicó, alcanzando prácticamente al 70% de los niños de edad entre 6 y 13 años. Hacia 1910, en el marco de los festejos del centenario, se profundizaron los contenidos patrióticos a fin de consolidar una concepción unificadora de la identidad nacional. En esta línea de acción, se había sancionado la Ley Láinez que señalaba claramente el influjo del estado nacional en los sistemas educativos provinciales. Por otra parte, en la universidad tuvo lugar una profunda democratización en los claustros, a través de la Reforma Universitaria de 1918. Paralelamente, la discusión sobre la reforma en la enseñanza media entre 1916 y 1917, giró en torno al proceso de ampliación política.

• De 1930 a 1955: El peronismo resignificó socialmente la infancia. Se redactaron nuevos programas educativos y se impusieron celebraciones y conmemoraciones a tono con el enaltecimiento de la figura de la pareja presidencial. En el país la ampliación del consumo y la vigencia de los derechos sociales repercutieron en la extensión de la matrícula educativa.

• De 1955 a la actualidad: Con el desarrollismo se fortalecieron las escuelas técnicas y se dio un proceso de sistematización de la enseñanza media. A partir de los comienzos de los años 60 comenzaron a soplar aires de renovación en las aulas: surgieron los cuestionamientos y empezó a fortalecerse la opción de la educación problematizadora al influjo de Paulo Freire y las nuevas corrientes pedagógicas. Las interrupciones democráticas (1966–1973 y 1976–1983) asestaron duros golpes a la educación argentina, cercenando la libertad de cátedra y postulando la selección de contenidos fundamentalistas y obsoletos. Dos hechos trágicos: La noche de los bastones largos -que significó un duro revés para la universidad pública- y La Noche de los lápices -salvaje golpe a la participación estudiantil secundaria- lo ilustran tristemente. El retorno a la democracia permitió cambios y transformaciones que aún hoy continúan en implementación y evaluación permanente.

Para analizar estos hitos es necesario contextualizarlos en torno a las clases dirigentes de los distintos periodos históricos y a sus políticas educativas y los sectores de poder en disputa. Teniendo en cuenta lo dicho sería importante, a su vez, vislumbrar cuáles fueron las líneas de acción que se sostuvieron y se fueron modificando de la mano del avance científico y tecnológico y de las ciencias sociales que pasaron de “espiar” a las ciencias duras hasta sumergirse en el campo científico. Hoy en el mundo denominado globalizado, con países ricos y pobres, en un mundo con gente que “sabe”, gente que “instruye” con el complemento de gente que “aprende”, están los que enseñan, orientan, guían el camino del saber. Y aquí nos detenemos para destacar el papel del maestro y del profesor en la Argentina trabajando en las aulas públicas con el deseo de que el otro disfrute su alfabetización, alfabetización matemática, geológica, artística o la que fuera.

A 200 años de historia que, con períodos denominados de independencia, de orden y progreso, de democracias interrumpidas, con tiempos turbios y oscuros volvemos, hace ya varios años, a recorrer la vida democrática pasando por un proceso de transición hacia la misma y hacia un camino de consolidación como tal.
Hablaremos entonces de democracia de diversidad, de inclusión, de redes interculturales y de miradas puestas en superar y perfeccionar cada día más esa dirección.
Pasando al papel del maestro y del profesor y señalando caminos que tienen que ver con el compartir y construir el conocimiento vemos que, sin compromiso, sin involucramiento no se avanza y avanzar es crecer y crecer es permitir que otros lo hagan en el mundo de las artes, en el mundo de la universidad y con la responsabilidad social que ello implica.

Llega el punto de vincular lo dicho con casos concretos y al mismo tiempo de enaltecer a quienes dedicaron su vida a la docencia y a la investigación. Es en ese sentido que rescato algunos conceptos del Profesor Sergio Bagú cuando decía:

“esta responsabilidad es
la de orientar el espíritu analítico hacia
los fenómenos contemporáneos con criterio
que se expresa en la necesidad de
superación incesante del conocimiento
científico, en tanto que de ninguna
manera invalida la respetabilidad del
conocimiento que se quiere superar. En
el fondo (dijo) ello implica también el
respeto a las comunidades humanas en
las que se aplica la reflexión, de las cuales
se extrae la experiencia que alimenta toda
la creación científica”. Su estilo además,
registra el cultivo del oficio de la docencia,
la que él enalteció hasta el momento
de su fallecimiento en 2002.

La tarea docente, cuando está organizada con criterios modernos, se relaciona directamente con la investigación porque las dos actividades se nutren recíprocamente; es fuertemente activa para quienes la conciben como un capítulo básico de la vida cultural de un conjunto humano, de manera tal que un maestro jamás transmite exclusivamente sino que también recibe permanentemente. El contacto con alumnos y con colegas crea una dinámica de enriquecimiento mental permanente, de modo tal que el profesor con vocación y con sano criterio profesional está permanentemente rectificando sus propios errores y enriqueciendo sus objetivos de investigación.”

Hugo Zemelman reflexiona al respecto: “No se trata de pensar lo imaginario, sino de usar la imaginación para encontrar aquello que se nos oculta... Para ver realidades nuevas hay que necesitarlas. Para forjar utopías se requiere de esta necesidad por una realidad diferente, lo que supone… saber distanciarse de lo establecido.” Pues bien, también se refiere a la “(...) difícil conjunción expresada en términos de conocimiento y poder, de saber y poder.”

Por otra parte, en un período en que las ciencias sociales se apegaban rígidamente a un modelo metodológico homogéneo, la obra de Bagú, al salirse de los marcos de lectura fijados por el discurso económico del poder vigente entonces, se presentó como un elemento innovador que no sólo permitió acercarse a métodos de hacer historia y sociología desde ángulos más heterodoxos, sino que también permitió plasmar la complejidad de lo político y de lo social a través del reconocimiento de una multiplicidad y pluralidad de variables sometidas a la corriente histórica. Entendiendo que los caminos de lo histórico son múltiples y complejos, Bagú fue el historiador pionero que descubre lo histórico en todo lo sociológico y viceversa.

Las reflexiones que surgen están orientadas a tomar conciencia de la necesidad de abordar las dificultades en el quehacer docente desde un enfoque sistémico y global y no fragmentado, donde se considere un análisis del contexto, las necesidades de capacitación constante más allá de la actualización y la especialización para el desempeño del rol.

La responsabilidad social de la universidad estará puesta en la mirada de poder transformar las instituciones educativas en comunidades de aprendizaje donde converjan la formación profesional, la investigación y la creación de servicios con la idea de instituir redes sociales que permitan al estudiante, futuro docente vislumbrar proyectos de vida y de profesión posibles.

Desde el punto de vista de la docencia y, más allá de cambios de contenidos, habrá que trabajar en la metodología del trabajo pedagógico donde más que yo enseñando tengo que ver cómo se logra que el otro aprenda.

Es importante, entonces, tener presente la realidad educativa en su totalidad, analizada con criterio educativo, y comprendida con espíritu objetivo y real para que la formación docente dé respuesta a la doble finalidad de permitir conocer, analizar y comprenderla abarcando sus múltiples dimensiones, tal cual la realidad social que es multidimensional, y elaborar un rol docente que constituya una alternativa de intervención que no sea ajena a dicha realidad mediante la puesta en práctica, evaluación y reelaboración constante de estrategias de formación adecuadas. Habrá contenidos que se resignificarán donde estén contemplados los sujetos que varían según el espacio y el tiempo.

El hecho educativo estará en esa atención del docente al replanteo constante de su tarea donde sus saberes serán compartidos y confrontados con el medio sociocultural en el que actúe.

Para ello será necesario estudiar nuevas dimensiones de análisis relevantes para poder abordar las explicaciones en torno a las variaciones necesarias a considerar para realizar los ajustes e innovaciones.

Esto reviste la necesidad de un análisis estructural donde los cambios en el panorama político económico cultural no se mantienen estáticos. Deben converger muchas acciones para que el mejoramiento y la transformación de las currículas y de la aplicación hacia la sociedad sean efectivas. Es cierto que se van dando acciones y búsqueda innovadoras al interior de algunas cátedras y también que el compromiso de los docentes universitarios muchas veces es altísimo. Pero fragmentariamente los esfuerzos se desdibujan. Esto es una reflexión en torno a la importancia de considerar las dimensiones donde el involucramiento de los docentes, la voluntad política de apoyo a cambios y a innovaciones pedagógicas, el trabajo constante por una mayor participación de toda la comunidad universitaria permita recorrer los trabajos docentes en el aula y en las investigaciones sin sesgar una visualización global para proponer modalidades alternativas en el trabajo docente y poder, entonces, transformar a la universidad según los cambios que el mundo actual impone.

En ese sentido, la dimensión del poder y su incidencia en los ámbitos universitarios y en los de la educación media no podrá omitirse de los análisis académicos porque se volvería, como tantas veces, a caer en abismos entre realidad y universidad.

Siempre se expresa en documentos, trabajos y recomendaciones la importancia de la vinculación de la Universidad con la comunidad. Y efectivamente esto está dentro de las funciones mismas del estudio y profesionalidad universitaria pero no como esfuerzo fragmentado o prácticas justificatorias. La idea es que desde el ingreso y con una visión dinámica e integral se planifique, más allá de la sistemática actualización, como un programa integral.

Esto también alcanza a las Facultades de Arte en el abordaje de la Formación Docente en Arte, pero deberá comprenderse el fuerte peso de la cultura y de la concepción de arte que aún sigue instalado y remite a una concepción romántica y de pertenencia a clases económicamente privilegiadas como si el objeto y función social fuera de mero entretenimiento o hobby. Hoy, digamos hoy por los últimos años, los propios jóvenes, algunos ya egresados de universidades de arte fueron los que asumieron el difícil rol de romper con mandatos sociales-familiares de “M’hijo el dotor” e ir configurando una razón (siempre se necesita una razón) de función y alcance social y de sentido del estudio universitario de los lenguajes artísticos.
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