El profesor Luis Ormaechea de Artes Audiovisuales piensa que estamos en un momento histórico donde el espectáculo impone su lógica sobre las otras formas discursivas. Los creadores de imágenes deben librar una batalla que pugne para que no desaparezcan de nuestras pantallas (de nuestra memoria) lo no espectacular, lo ínfimo, lo anodino.
200 años de historia. Las pantallas de los medios audiovisuales se llenan de imágenes invitándonos a pensar y reflexionar sobre nuestra historia, nuestro presente y nuestro futuro.
El cine ya forma parte de la historia. Como afirma Jean-Louis Comolli, “hijo del siglo donde triunfa la espectacular, el cine es al mismo tiempo el objeto y el agente de este triunfo, el emprendedor y el archivista, el actor y la memoria”.
Hoy ya nadie duda que la Historia no son los hechos acontecidos en el pasado, sino un multiplicidad de discursos que, conectándolos en cadenas causales, intentan darles un sentido, explicarlos. En el último siglo, los medios audiovisuales fueron transformándose en un documento del pasado, complementando la información ofrecida por los textos escritos, los monumentos y otras fuentes históricas. Pero, ¿cuáles son las acciones que efectúa una sociedad para que lo acontecido se vuelva documento y ocupe un lugar central en el presente? Las representaciones oscilan. Los referentes también. La elección de cuáles son los discursos hegemónicos, aquellos que van a ocupar las pantallas, no es el resultado de un amistoso consenso entre los miembros de una sociedad en determinado período histórico, a pesar de lo que predican la mayoría de los spots publicitarios que utilizan como tema el próximo mundial de fútbol. Por el contrario, esa elección culmina siempre con la imposición de los valores de la clase que tiene el poder y los medios.
Eso nos lleva a reflexionar sobre el término pantalla. Ésta, como un espejo, no es transparente a lo que muestra. Mostrar es siempre una acción, una operación. Mostrar no es nunca algo pasivo. La pantalla es aquello que nos muestra, pero también es aquello que sirve para ocultar, para cubrir. Entre las muchas reflexiones que debería provocarnos este Bicentenario no debería faltar una acerca de cuáles son las imágenes que pueblan nuestras pantallas y cuáles otras quedan ocultas tras estas pantallas.
Sin demasiado esfuerzo podemos constatar, por ejemplo, que a nuestras pantallas le faltan imágenes que permitan pensarnos como parte de Latinoamérica. Si desde el urbanismo se dice que Buenos Aires es una ciudad que creció de espaldas al río, desde la cultura (y tanto más desde la cultura audiovisual) podemos afirmar lo contrario: nuestras miradas hegemónicas miran hacia ese río que nos comunica con Europa y se cierran a ver lo que ocurre en el territorio al que pertenecemos.
En las pantallas también se pone en juego otro elemento vital para la historia: la memoria. Es muy difícil, por no decir imposible, pensar un presente (ni hablar ya de proyectar un futuro) en un país que no tiene conciencia de la importancia de la conservación de las imágenes de su pasado y que, por el contrario, no se ocupa de su preservación, de su divulgación, de su estudio.
Estamos en un momento histórico donde el espectáculo impone su lógica sobre todos las otras formas discursivas. La batalla que deben librar los creadores de imágenes audiovisuales es aquella que pugne para que no desaparezcan de nuestras pantallas (de nuestra memoria) lo no espectacular, lo ínfimo, lo anodino.
Como vemos, muchas de estas tareas corresponden a la educación pública. Es en ella donde se deben promover estos debates que tanto necesitamos, donde se deben formar los creadores (y no meros reproductores) de imágenes, donde también debe formarse también ese actor fundamental en el discurso audiovisual: el espectador.
Que este Bicentenario sea una gran celebración; pero no dejemos que sus fuegos de artificio ocupen todas las pantallas.
Luis Ormaechea