El profesor Gabriel D’Iorio del Departamento de Artes Audiovisuales sostiene que hoy nos enfrentamos con un dominio diferente al que conocieron nuestros héroes en sus campos de batalla y es preciso levantar las banderas de otra emancipación: las del pensar, leer y mirar de otra manera.
¿Cuál era la pasión de nuestros revolucionarios de Mayo? ¿Cuál sino la que invocaba una y otra vez el deseo de emancipación? Esa pasión que buscaba hacer posible la igualdad entre los seres humanos nos llega hoy como un eco lejano pero firme, un persistente hilo de voz colectiva que resuena en los paseos de una República ya bicentenaria, que les debe a esos generosos hombres y mujeres, la tentativa realizada de la fundación libertaria. Pero estos días festejamos el ingreso en la historia con otros desafíos, con un horizonte bien distinto al heredado por el entusiasmo sin límite de los que forjaron las instituciones y el relato originario de nuestra vida en común.
Hoy resulta preciso orientar nuestras acciones hacia una nueva emancipación cultural que trascienda las dicotomías derivadas de lo nacional. Porque no se trata ya, como en 1810 de emanciparnos de España, o de las siempre amenazantes Inglaterra o Francia, ni de trazar fronteras territoriales para definir los contornos de la nación. Hoy enfrentamos un mecanismo más impersonal de dominio, que combina el inmenso poder de los viejos imperialismos culturales con las nuevas tecnologías globales, un complejo real/virtual que modula y coloniza nuestras frágiles conciencias. Contra ese dominio, diferente al que conocieron nuestros héroes en sus campos de batalla, es preciso levantar hoy las banderas de otra emancipación: las del pensar, leer y mirar de otra manera.
Emancipar el pensar significa liberar al pensamiento de una exigencia que lo conmina a deducir lo posible de lo socialmente dado, significa derribar los límites que nos impone el pragmatismo de las elites mundiales, para abrir el paso a una tan nueva como necesaria imaginación política. Emancipar la lectura significa poner en entredicho las jerarquías sabatinas del mercado editorial para restablecer el dominio del tiempo sobre lo leído, dominio vital para hacer posible otra interpretación de los relatos y narraciones públicos. Emancipar la mirada significa cuestionar las coacciones de la industria del entretenimiento, significa liberarnos como espectadores de las tipologías bienpensantes que no cesan de adormecer nuestra percepción crítica.
La emancipación del presente reclama otra forma de pensar, de leer y de ver. Reclama también otra relación entre política, filosofía y estética. Pero sobre todo reclama otra escucha del colectivo social y una temporalidad nueva que haga posible su participación multitudinaria. La revolución y la nación que imaginaron alguna vez Moreno, Castelli, Belgrano, Monteagudo, San Martín, también remitía a estas otras fronteras, en ocasiones inasibles de la vida en común. Ellos supieron acelerar el tiempo, inventar un calendario, producir unos símbolos de comunión nuevos.
La revolución que nos espera está también hecha de tiempo. Este 25 de mayo de 2010 nos encontró celebrando juntos. No imaginábamos una presencia tan desbordante de millones de argentinos en las calles disfrutando del arte como lugar de encuentro, reflexión, y acción colectiva. Algo se detuvo en estos días, pero al mismo tiempo algo se aceleró: las escenas culturales han señalado un camino, porque en sus manifestaciones hemos espejado nuestros sueños como forma de renovar el deseo de vivir en nación. Tal vez haya que animarse a preguntar si nuestro tiempo no es el de un nuevo comienzo, el tiempo de acelerar la invención de una imaginación colectiva en la cual la alegría que produce pensar, leer y mirar de otra manera, pueda ganarle la partida a la imagen temerosa y degradada de lo que somos, hicimos y hacemos.